La poeta da a luz con las palabras, complejas cosmogonías. Esto acontece en piezas soberbias como Tátei Haramara, nanti, Lupina, o sirena, producto del manejo diestro de una lengua viva, una lengua madre. Muy emotivas resultan aquellas zonas abiertas a la nostalgia, en la cocina de su tía Quica; sus resonancias. Sumergiéndose en el tiempo pasado, lo vivido, su voz regresa a esas sombras/ de la higuera/ el nogal y el durazno, para comer el pan de la calma/ el maíz de la desmemoria. Así, su poesía, de matriz apasionada, maternal, vindica la pureza de un siempre sutil sensualismo. Entre el impulso lírico y un pudor incandescente. Una poética, siempre en movimiento, que se erige a través de imágenes donde se privilegian los hondos estados emotivos con una lograda limpidez sensitiva.